José Maria Aguirre, un republicà vasc a Mauthausen

 

Entrevista amb

José Maria Aguirre

Un republicà vasc a Mauthausen

per Guillem Cortés

 

 

1Ahora hay una diarrea de información sobre el tema. Hoy mismo nos han contado que se han publicado tres libros. Y durante cincuenta años, nada. Cremallera (fa un gest tancant-se la boca). No interesaba a nadie. Nadie sabía dónde era Mauthausen. Nadie sabía que se habían asesinado a siete u ocho mil españoles. No se sabía o no interesaba. Y yo mismo he estado cerca de treinta años sin hablar del tema, ni con mi familia. Pensaba yo "y a quien le interesaría". I ahora...no sé como empezó el tema pero tengo más de veinticinco escuelas o colegios que me han llamado. Para mi es un deber moral. Lejos de mi el afán de protagonismo porque sino no habría estado treinta años sin hablar. Lo hago por deber moral. ... Hombre, ... i por alguna botella de vino2.

 

Yo, como se juzga por los apellidos, soy vasco. Vasco hasta decir basta. Nací en Marquina, una pedanía de Marquina Echeverria, no lejos de Vizcaya. Un pueblo que sobresale sobre todo por los juegos de pelota, los juegos antiguos, y en donde nació mi madre. Mi padre nació en caseríos, en la montaña. O sea que nacieron y se criaron fuertísimos. Allí, en el País Vasco, se valora muchísimo la fuerza física. Y de ahí que yo he heredado esa fuerza. Todo el mundo se pregunta cómo puedo hacer dos horas de ejercicio. Así es. El pueblo es Irún, el último pueblo por aquel lugar que hace frontera con Francia. Al otro lado del río Bidasoa está Hendaya, un pueblo pequeño. Cuando los franquista se apoderaron de las colinas ... 3

 

Entonces, de allí nos trasladamos a Irún. Yo salí de la escuela a los trece años. Me enseñaron a contar hasta cien mil. Y cuando dije que quería saber más me dieron una patada en el culo. Me dijeron: tu, para lo que te va a servir. Eso era con los frailes, los de La Salle. Salí de Irún A partir de entonces hice lo que todos los chavales de la época: jugar a pelota, jugar a fútbol, ... No teníamos tiempo de aburrirnos. Teníamos el beneficio de una rama del río Bidasoa, que pasaba cerca de casa. O sea, que en verano era una fiesta continua.

 

Salí de la escuela a los trece años para ayudar a la familia, porque éramos ocho hermanos, dónde yo era el mayor. Empecé a trabajar de recadero de la carpintería donde trabajaba mi padre y había varios oficiales. Nos enteramos del levantamiento, pero nos parecía distante. Hasta que las tropas franquistas se dieron cuenta, y con razón, de la importancia que tenía el enlace de España con Francia. Porque por allí si no por los mismos franceses (que se portaron de una forma asquerosa, a pesar que era un gobierno del Frente Popular y, a mayor abundamiento, el presidente no sólo era socialista, era judío, Leon Blum. Nos trataron como apestíferos). Entonces las tropas se ocuparon de las lomas que rodeaban el pueblo de Irún. Sabíamos que había guerra: pasaba un avión, se oían un par de cañonazos desde Fuenterrabía, y pasaban las montañas. Pero eso no impedía nuestro sistema. Para nosotros la guerra estaba muy lejos. Y aquí que, para evitar mayores males, porque ya empezaron a caer bombas y en mi casa, en el frontis, rebotaron más de una vez balas, el pueblo en masa salió despavorido, salió a toda marcha.

 

Pasamos por los dos puentes: el puente del ferrocarril y un puente muy grande, internacional. O sea, todo el mundo corriendo hacia Hendaya. Mi madre, con la pequeña, en aquella época de meses, en brazos. Y por todo [equipaje] un capazo, una cosa muy pequeña. Todo el mundo a correr a Francia. En Hendaya no se esperaban tener un problema tan grande: tres o cuatro mil personas evacuadas que entrasen en ese pueblo tan pequeño. No sabían que hacer. Entonces, como mal menor, a mi madre y a los siete hermanos los mandaron a un pueblo a mitad camino entre Burdeos y París. Allá murió mi madre. Pero bueno, eso es otra historia. Porque todo lo que se llevó fue un capazo con muy poquitas cosas y nos enteramos que habían robado todo lo que había en nuestro piso. O sea, que no había por qué volver.

 

Y los franceses, las autoridades, no sé con qué juicio, dijeron que los que estábamos en condiciones de seguir la guerra, que subiéramos a un tren que nos llevó travesando los Pirineos a Port Bou, por el lado catalán. Entramos: mi padre, yo y un grupo de 40, 50 o 60, en edades desde la mía, 16, 17 años, la de mi padre 39, otros de 40, 50; menudo núcleo rarísimo, atípico.

 

No sabiendo que hacer con nosotros nos pusieron en el castillo de Montjuich. Y también anecdótico (porque, ya digo, hasta esa fecha no me había pasado nada que alterara mi tranquilidad ni mi forma de pensar), nos aconsejaron presenciar dos o tres ejecuciones. Allí vi matar a tres, ... no sé lo que eran, .... ni por qué había que ir ... pero fíjate, un chaval de diecisiete años difícilmente se ...yo fui con otros dos de mi misma edad a un cuartel en Barcelona para aprender el manejo de los cañones que nos iban a prestar días más tarde. Salí con el grado de sargento. Digo, muy anecdótico, porque eso no ha pasado a nadie en el mundo, nos destinaron a San Pedro Mártir4, una colina que está muy cercana al Tibidabo. Y allí nos prestaron cuatro cañones que, parece ser habían tenido un éxito enorme en tiempos de Napoleón. Creo que se portaron muy bien. (riu). Afortunadamente no tuvimos que disparar. Porque si disparamos nos cargamos a la mitad de la población. Porque eso no le pegaba a un carro de paja. Pero era antiaérea, artillería antiaérea. Yo creo que lo único positivo sería que algún aviador se murió de risa al ver aquel montaje. Parecía un circo (riu).

 

De allí fuimos a Sant Feliu de Guíxols, un pueblo precioso.5 Nos llevaron con los mismos cañones que eran antiaéreos, allí valían como artillería de costa. O sea, que valían para todo. Tenían arrugas, de viejos que eran. Cuando había una prueba, disparábamos y pegaban un salto que hacía falta una hora para volver-lo a su sitio. De Sant Feliu de Guíxols yo tengo enormes y bonitos recuerdos. Allí conocí a la legítima,6 mi mujer, cuando ella tenía doce años (yo tenía diecisiete). Murió mi padre ... 7

 

Yo creo que él no quiso vivir8. Cuando yo llegué al campamento (una casa preciosa de unos ricachones que tuvieron que evacuar por temor a las represalias, una casa preciosa al pié de una colina), cuando yo llegaba con los amigos de ... yo que sé, a lo mejor de la playa, me dijeron: tu padre se ha caído, lo han llevado al hospital de Gerona. Al día siguiente, como no teníamos muchos medios de comunicación, fuimos al hospital de Gerona y ya lo habían enterrado. Cosas de la guerra.

 

A ver,... Sant Feliu de Guíxols, ya te digo. Tengo unos recuerdos preciosos. Qué bonita playa Y la guerra para nosotros no existía. No sé quien los pagaba, pero había una taberna de catalanes no lejos del campamento y nos podíamos pagar una tortilla de seis huevos o ... casi media vaca comíamos. Yo que sé.9

 

De Sant Feliu de Guíxols, después de estar unos meses nos llevaron a Palafrugell. Allí había unos cañones pequeños que decían que eran de montaña y que eran trasladados por mulos. Allí apenas estuvimos mucho tiempo. Pero también hay una anécdota. Uno me dijo: ¿por qué no te montas en uno de aquellos mulos? Sabían latín aquellos mulos, fíjate. Y el burro sabía que yo era tonto perdido porque en cuanto notó que [iba a montar] me pegó un estacazo que salí pitando. Esas fueron mis actividades como caballero (rialles).

 

Y de allí a Mora de Ebro. Nos llevaron a la batalla del Ebro. Y yo me quedé en el lado bueno. Yo no mandaba. Me dejaba llevar. Me quedé en este lado. Hasta que participé en una de las mayores carnicerías que hubo durante la guerra. Allí se perdió prácticamente la guerra. No pasó nada. Éramos un equipo atípico. Gente de Fuenterrabía y de Irún. Entre los chicos de Fuenterrabía algunos de ellos eran hijos de pescadores y ni siquiera habían ido a la escuela. Buena gente, pero muy cortos. No por culpa de ellos. Sus padres los necesitaban. Y digo esto porque, en el Ebro, a uno que estaba de guardia, le dimos un cartón así (dibuixa a l'aire un rectangle del tamany d'un full) y dibujamos un cañón, un tanque, una moto, un autobús, ... y él, desde allá, cuando veía un tanque hacía una raya, un autobús una raya, ... (riu) Así sabíamos lo que había pasado.

 

Y otra anécdota, que justifica lo de estos chicos (el seu analfabetismo i la seua ignorància) en Sant Feliu de Guixols, fui yo, estando de jefe de guardia, a visitar a los que se suponía que vigilaban los cañones (si no se los iban a llevar, porque estaban para estar en un museo) y era Laborda (qui estava de guàrdia). Y yo le dije: Laborda ¿hay novedad? Y dijo: novedad, ...Mierda. Este aparato toda la noche tirrrin tirria. Yo querer pegar con culata10. Fíjate como sería. Seguramente nunca había visto un aparato como aquel (probablement un telèfon de campanya). Y otra anécdota. Un día subió el oficial y se dio cuenta de que mi padre, que tenía que estar de guardia aquel atardecer, no estaba. Y me llamó y dice: Oiga, ¿no tenía que estar su padre de guardia? (aixeca els muscles com demanant disculpes) Y yo digo: sí. Es mejor que le castigue usted, porque si lo hago yo será peor (respon l'oficial). Esta si que es buena (i es porta la mà dreta al cap i riu). Digo: aita, en vasco, dice el oficial que te tengo que castigar porque te has marchado. ¿Qué te has vuelto loco o qué? (contesta el pare) Vete a la porra, qué me vas a castigar a mi. (riu) No ha pasado en la vida eso.

 

De allí, de Sant Feliu de Guíxols, en pocos meses, nos llevaron a Port de la Selva, en la parte norte, casi lindando con Francia. Y allí nos cogió una avalancha de los que nos presionaban, el ejército nacional. Era tan nacional que eran moros, italianos, alemanes; fíjate si eran nacionales. Nos achucharon de tal manera que una vez más hubo que correr hacia Francia, porque si no nos quedábamos en el camino11.

 

En Francia nos recibieron los gendarmes: una especie de guardias móviles, casi casi eran peor que la SS. A patadas, a culatazos nos arrinconaron en diferentes playas. Para entonces nos quitaron todo lo que teníamos. Ese recibimiento no lo podíamos entender. Luego, más tarde, cuando estudias, dices: claro, si los medios de comunicación han hablado ya de los rojos que quemaban iglesias, que mancillaban esto, que era un peligro. O sea que nos recibieron como a aquellos que llevaban la peste, éramos lo peor de lo peor. Nos arrinconaron en diferentes playas. Donde yo estuve era, 12una playa no lejos de la frontera. Nos arrinconaron allí. Éramos miles. Era el mes de febrero. Hacía mucho frío, porque no había donde guarecerse. Allí nos amontonaron. Y no tuvieron tiempo para darnos ninguna clase de ayuda, ni mantas, ni de comer. Pero sí para poner alambradas alrededor. Para eso sí que tuvieron tiempo. Para mayor inri, nos vigilaban africanos, en este caso, senegaleses. Fíjate que recibimiento. Allí vivimos como pudimos, hasta que nos presentaron tres diferentes i posibles soluciones: volver a España (¡claro que no! Por eso estábamos allá. No queríamos volver a España. Si yo hubiera vuelto me hubiesen hecho hacer el servicio militar. Y siendo del bando perdedor me hubieran dado hasta decir basta). Teníamos que escoger entre: volver a España, alistarnos en la Legión Extranjera y, como mal menor, hablaban de batallones de trabajo.

 

Esto consistía en un grupo de cien o ciento cincuenta españoles dirigidos por un oficial francés. Nos llevaron casi frente a la línea Maginot, la que separa Francia de Alemania. Y allí estuvimos haciendo zanjas, fortines, ... En fin reforzando la inexpugnable línea Maginot13. Cuando quisieron entrar llegaron como el que mete un gol sin portero. Estábamos allí haciendo zanjas, etcétera, etcétera, y ya oíamos cosas que nos hacían temblar, del futuro de la guerra. Y un día salimos pitando creyendo que íbamos en la buena dirección. No teníamos guías, no teníamos mapas. El segundo día, después de andar cerca de treinta kilómetros, llegamos casi al sitio de partida. O sea que estábamos vendidos.

 

Nos cogieron presos.14 Eso no era difícil de entender. Pero nos cogieron presos los soldados, luego vendría lo peor. Los soldados eran alemanes, no eran ni mejores ni peores que otros. Y nos encerraron en Estrasburgo, una precosa ciudad Francesa, llena de puentes alrededor, que más tarde fueron volados o por unos o por otros. Allí nos metieron en un complejo y salíamos de vez en cuando a descargar mercancías que venían por el Rhin hasta Estrasburgo y traían bienes y pertrechos para los soldados. Íbamos un grupo de 30. Los soldados no eran ni mejores ni peores. Cuando regresábamos al campamento poníamos una manta en el suelo y de aquí salían patatas (fa un gest de treure´s el capell), de aquí salían latas de sardinas (s'arromanga el camal del pantaló), de aquí salían garbanzos (s'estira la màniga de la camissa),...era la monda. Me acuerdo una vez (riu), un soldado alemán ... le dio por chequear. Y yo tenía forúnculos por todo, tenía bultos por todo. Coge y me quita la gorra y cayeron cuatro patatas (riu), y ya le hizo gracia. Me toca aquí, me quita el pantalón y había, ... yo que sé: latas de sardina, botes de confitura, ... No podía aguantar-se. Donde ponía la mano sacaba cosa.

 

Dicen que el café no deja dormir. Cuando venían unidades francesas, que venían como atontados. Cómo podía ese ejército haber ganado la guerra. Les preguntabas: ¿y qué? ¿qué harás cuando vengan los alemanes? Ah,.. je vais aller à Paris: yo me largo. Esta era la idea general. Llegaron allí con sus sacos y sus cosas. Eran también prisioneros. Como no teníamos qué comer, bebíamos dos o tres litros [de café] diarios. Eso no nos impedía dormir. Hay que probar las cosas antes de asegurarlas.

 

Un buen día uno de los amigos viene todo asustado. Dice: no sabéis lo que he visto. ¿Qué has visto? Hay una pareja de tíos en la puerta, con unos sombreros negros metidos hasta los ojos, unas gabardinas que arrastran casi, ...Bueno, pues ya está. Ya sabíamos todos de quien se trataba: la Gestapo. Ya está. A esperar. Lo peor que nos podía haber pasado; o el principio de lo peor que nos iba a pasar.

 

Al día siguiente todos los españoles a formar15. Nos llevan a una estación. Entonces nos suben a los trenes. En cada puerta de entrada y salida había unos guardias; todavía eran soldados. Y no sé, una noche, dos noches, sin salir, sin movernos. No teníamos ni idea [de qué pasaba]. Estábamos como atontados. Ni siquiera teníamos miedo. No parecíamos nosotros.

 

Y llegó, ..., llegó lo que no se puede explicar. Harían falta adjetivos. Se paró el tren después de tantísimo tiempo. Se abrieron las puertas. Y aquello fue, ... aquel orfeón si que ... Parecía que nos habían recibido los cuarenta más locos que estaban en el infierno. Imposible. Ladridos enormes. Unos perros que apenas podían mantener. Tiros, culatazos, quejas, ..., veinte centímetros de nieve en el suelo, un frío enorme. Era la SS. Esto es un cuerpo especial. No tiene explicación. Era un grupo de gente escogida: rubios, muy bien trajeados, muy orgullosos de su chaqueta, con una calavera a cada lado (es toca les solapes) y en el gorro, convencidos que eran los amos del mundo, provocadores, chulos, enseñados a matar, enseñados a hacer sufrir. Entre tantísimas cosas se cuenta ... coger a un niño de meses y estrellarle la cabeza contra un muro. En fin, ... eso era la SS. Y eran los que nos recibieron. Nos formaron, dirigidos por ese orfeón de tiros, de ruidos i demás, como hacen los perros con los corderos, y cuando nos tuvieron juntos empezamos a subir un camino.

 

El pueblo es precioso. Mauthausen. Para ir allí de vacaciones. Un pueblo coqueto. El río pasa casi por la avenida central. Pero tenía el triste privilegio de tener el campo de exterminio. O sea que subimos siempre acompañados de tiros. Se oían tiros en el final de la columna. Supimos más tarde que aquellos que no podían seguir el ritmo, que era más bien fuerte, los mataban. Los iban a recoger al día siguiente. Veíamos de lejos un complejo difícilmente explicable. Un fortín antiguo de la época medieval. Nadie sabía qué era aquello a lo que nos acercábamos. Un portalón enorme. Una garita a la derecha, una a la izquierda. Una ametralladora en cada lado. Se abrieron las puertas. Y los que nos conducían daban ya el trabajo por hecho. Aceleraron y nos metieron a patadas, a culatazos, dentro de la plaza principal del campo. Y para ellos se había terminado. Se cerraron las puertas y se arrearon.

 

Caímos en manos de los que eran, tal vez, peores que ellos. Eran los kapos y los jefes de barraca y demás. Estos, a su vez, eran alemanes que habían sido escogidos en las cárceles. O sea, que estaban allá lo peor de la [sociedad]. A estos los hicieron jefes de barraca. Eran los que nos llevaban al trabajo a fuerza de palos y demás. Nos hicieron ir a un lugar, una barraca grande, bastante larga. Nos hicieron bajar tres o cuatro escalones. Aquello era la sala de las duchas. De aquellos aparatillos todavía salía agua. Nos quitaron todos los bienes. Todos, todos. La ropa, el reloj, las fotos de la familia. Lo metieron todo en un saco; la dignidad, si nos quedaba. Todo. Y para colmo de sinvergüenzas, te hacían poner tu nombre en el saco. Como si tú pudiese recoger aquello en la estación cuando volvieras. Ducha fría, ducha caliente, palos, nos cortaron el pelo de arriba abajo, de todo el cuerpo. Que luego aprovechaban para no se qué utilidad, los cabellos y los pelos. Nos tiraron a la plaza principal, donde íbamos a pasar un montón de horas. Les gustaba contar, contar, contar y contar. Nos contaban cuando íbamos al trabajo, cuando terminabas el trabajo, cuando volvías al campo,...Pasábamos horas. Y muchas veces sin movernos y sin gorra ni nada.

 

Poco a poco, tras este trasiego y este montón de palizas, palos, frío, hambre, ...los cadáveres..., las personas iban pereciendo poquito a poco. Llegaban a un desgaste total. Estudiado de forma que nadie había de resistir más de cinco o seis meses. Eso iba a misa. Me paro un segundo porque ... Se atribuye a Dante ser gran contador de miserias, de todo lo malo. Dante hubiera aprendido en pocos días y se hubiera dado cuenta de lo que le faltaba por saber16.

 

Un aragonés majo, que en España había sido boxeador y todavía no se había dado cuenta de donde estaba. Le empujó el jefe de la barraca, alemán, que tenía toda clase de privilegios. De esos que cuanto más se ensañaban con los deportados eran mejor vistos por los que mandaban. Les ahorraban trabajo. O sea que con esa gente llevabas la muerte en el bolsillo. Las 24 horas. No tenía que pedir permiso para pegarte un garrotazo en la cabeza y luego... ¡vale! Entonces Espallargas le dio un puñetazo y el alemán, el jefe de la barraca avisó a los demás. Claro, entre ellos se tenían que ayudar, por corporativismo. Y nos tuvieron un montón de horas a todos los españoles, descalzos, pisando nieve: arriba, abajo, arriba, abajo, arriba, abajo. Todavía tengo que ponerme calcetines de lana, incluso en verano. Restos de aquel andar.

 

A los pocos días yo sabía que el jefe de la barraca ... En medio de la barraca era el santuario, donde vivía el jefe. Tenía incluso estufa, el suelo renovado. Luego, las otras partes de la barraca. Desde una parte, donde estábamos amontonados todos por el suelo, yo sabía donde guardaba el pan que nos robaba a nosotros. Y, tonto de mi, intenté coger el pan. Me engancharon y me rompieron la boca a puñetazos. Fíjate.

 

Y entonces formaron, además, grupos de trabajo.17

 

Vale. Pues después nos dieron, ... nos tiraron la ropa: chaqueta, pantalón, un abrigo, etcétera. Lo que habían hecho para hacer esta clase de tela estaba hecho de madera. Yo no sé. Caía una gota y entraba hasta el final. Nos repartieron eso. Y al día siguiente a formar, como tantas veces. Y formaron el grupo de trabajo de la cantera: comandos. La palabra comando no tiene nada que ver con su significado militar. Comandos eran grupos de trabajo. La cantera, de la que se ha hablado y se ha escrito. Entonces, desde la puerta del campo hasta llegar al pie de las escaleras, había un desnivel cubierto de hielo durante meses y meses y meses. Ya en campo abierto, durante quinientos metros, teníamos que agarrarnos los unos a los otros para no rompernos la cabeza.

 

Llegábamos al pie de la escalera y en función de que el crematorio tuviese bastante para quemar o que se iban amontonando cadáveres porque no daba abasto el crematorio (luego montaron otro), entonces mataban más o menos en función de ese hecho. Si estaban pendientes de que iba a llegar de cualquier sitio de Europa. Gitanos había en todos los sitios: Hungría, Checoslovaquia, Bulgaria, etcétera. De todos esos sitios llegaban cargamentos, no sólo a Mauthausen, sino a Aushwitz y a muchos otros sitios. Pero si venían a nuestro campo había que hacer sitio. Las barracas no eran como un acordeón. Y, en ese caso, sucedía lo que los españoles llamábamos ofensivas. Palos, vergajazos. Desde lo alto de la cantera empujaban y había cuarenta metros al lado. Y afortunado aquel que moría. Porque si no se estaba muriendo hasta las siete o las ocho de la tarde.

 

Las escaleras eran desproporcionadas. Estaban hechas con pico y pala. Había unas que tenían un peldaño así (cuatro dedos) y otros así (dos palmos). Bajabas como podías. Allí, en el antro aquel, un terreno aproximadamente como un campo de fútbol, Unos ruidos tremendos, unos chillidos. Les gustaba chillar. Es que, además, chillar impone. Te asustaba bastante. Eso sucedía durante el día. Se oían tiros. En las alturas habían guardias en casetas. Había una raya abajo, al pie de la garita del guardia. El guardia estaba a trescientos metros allá arriba. El que pasaba la raya en seguida lo mataban. Pero la raya no la pasaba casi nadie voluntario. Eran llevados por los cabos. Te decían: vete a coger aquella piedra, y les tiraban. Y había que subirlos.

 

Se subían en lo que llamábamos parihuelas: dos estacas con una plancha en medio, lo que se usaba para llevar piedras. Allí se amontonaban, vivos o muertos, un cadáver, otro cadáver. Y, Insisto, en la escalera: 186 peldaños. La nieve estaba allí. Y, también muy importante, que no lo he dicho: para ir a la cantera nos dieron como calzado, porque no tenían otra cosa, unas plantillas de madera con una cinta para aguantar. Entones no tenían calzado. Al muy poco tiempo tenían cientos de miles de calzados; hasta de niños. De los que habían ido liquidando, liquidando, liquidando, liquidando. Bueno. Pues una parihuela que en tiempo normal podía llevarse entre cuatro, seis o siete no bastaban porque casi nadie tenía fuerza para izar aquellos cadáveres. Muchos caían por el camino y caían hasta abajo, hasta el día siguiente. Difícilmente contable.18

Sí. Tenían mano de obra. Cuando digo que en cinco o seis meses liquidados, estaban pendientes de que llegaran 500, 600, 700 al día siguiente, diez días más tarde. Siempre tenían gente a la que explotar. Y con los que ya estábamos así, delgados, o cuado a ellos se les ocurría nos ponían a formar todo el campo: veinticuatro barracones. Veíamos venir de lejos a un oficial de la SS y barruntábamos lo que estaba pasando. Venía por allá y cuando decía: tú, raush. El jefe del barracón lo cogía y lo tiraba allí. Señalaba a otro y decía: tú, raush -decía,- fuera. Y, yo no sé hasta que punto tuvo importancia... yo todavía estaba un poquito lúcido. No me gustaba, porque intuía que era peligroso, en las formaciones de cien, ciento cincuenta presos, estar delante, estar detrás, estar a la derecha, estar a la izquierda.19 Y entonces, cuando yo estaba en medio de este grupo, hice así, hinché los carrillos. Y a aquella distancia no podían saber. Lo que no veía era un cadáver. Y yo no sé si me salvó o no me salvó. El caso es que a mí no me escogieron.20

 

A sí, tienes razón. Nos tiraron allí las chaquetas, los pantalones, y nos dieron una aguja para varios y un triángulo de este color (blau cel del jersei), sobre el traje de rayas de los presos. Un triángulo significaba que eras apátrida. Y, en medio, una S. Spanier: españoles. Y el número 4553. Yo lo he usado un montón de veces. Cada vez que vamos a la televisión o a algún sitio, insisto que esa era mi nacionalidad durante muchísimos años. 4553. Tenías que decirlo, cada vez que hiciese falta, en alemán. Si no lo decías bien te pegaban un garrotazo. Dicen los que me conocen, y no he estado en la escuela a penas, que tenía yo facilidad para los idiomas extranjeros. Puede que sea verdad porque he machacado bastantes de ellos, los he estropeado. Entonces, a los pocos días, un guardia me dice algo. Yo pongo cara de tonto y me pega un tortazo que salgo pitando. Entonces, digo yo. Coño: la letra con sangre entra. Así que, a partir de entonces, no les daba tiempo a mandar: salía disparado y me metía entre los otros. Y de ahí la idea de que era importantísimo hablar alemán, bien o mal. Alemán carcelario.21 Y eso tenía la ventaja de... 22

 

Perdón ... del campo.... Sí,... del campo de Mauthausen... fuimos a otro campo... a ver si llega algo importante. ¡Sí!23 Y tan importante.

 

Los alemanes tenían un terror enorme a las epidemias, a las enfermedades contagiosas. Horror, horror. Y aquí, al burro este le da por coger la erisipela. Yo no sabía lo que era entonces, ni tampoco sé mucho ahora. La cuestión es que era contagioso. Ponías el dedo así24 y te quedaba un agujero, que luego te volvía a su sitio. Si ya en condiciones normales llevabas la muerte en el bolsillo... fíjate, fíjate: aniquilado. Había un barracón especial de los infecciosos y de allí iban a morir, porque el crematorio estaba cerca. Hubiera tenido que ser mi camino. Entonces, me llevan a la enfermería. La enfermería allí en el campo no estaba hecha para ayudar a los deportados. Pero, entre tantísimos que recibieron para ser liquidados, había el mejor cirujano de Praga, el mejor especialista en no se qué... O sea, que tenía gente de mucha calidad de quienes podían aprender los jóvenes médicos alemanes que estaban en aquellas barracas. Entonces, me acompañan allá y, había un médico catalán que también estaba allá, no me acuerdo como se llamaba. Cuando me vio llegar, debía tener cara de tonto yo porque me dijo: Aguirre, no te preocupes. No te preocupes, pero apareció un tipo con una jeringa. ¿Qué es lo que piensa uno? ¿Qué es lo que piensa uno cuando le van a ahorcar y le ponen la cuerda? Yo no sé si pensaba o no pensaba. No sé. Desde entonces, y por muchos años, cuando por una u otra causa tenía que ponerme una inyección me faltaba poco para marearme. Ahora ya me voy acostumbrando. Me dan la inyección. Al poco rato, me siento no muy lejos de donde estaba el hospital, y voy a orinar y salía del color sangre. Ahora sí que sí.

 

Y me llevaron a la barraca de infecciosos. De allí no salía nadie. El 99% iban allá porque terminaban de morir o les ayudaban a terminar de morir. Estos ya iban al crematorio. Y yo salí de allá. Hay o no hay milagros. Quién explica eso. Intuyo, tampoco es seguro, que el médico catalán, Freixas, debió de influenciar en alguno de sus superiores diciéndole: no hay muchos españoles que hablen alemán. No sé. Algo hizo. O, a lo mejor, en la jeringa puso un antídoto. El caso es que salí de allá.

 

De Mauthausen, un buen día piden voluntarios para ir a una subdelegación.25 Cuando, por razones de mano de obra, necesitaban presos: para hacer un puente, una carretera, unas zanjas, escogían entre los que estaban en el campo y que tenían un aspecto de poder trabajar. Salimos de Mauthausen a este complejo, que era más bien un campo de concentración. Había alambrada normal, habían guardias alrededor, no había alta tensión, no había crematorio. Y pusieron al mando de todo esto a la persona más inteligente que he conocido en el mundo: César. Se ha hablado y se hablará de él. Un valenciano César Orquín. Un tío apuesto. Tenía un ascendente sobre todos, ¡incluso sobre los alemanes! ¿Qué? No sé. Es un don que no tiene nadie en el mundo como él. Hablaba correctamente el alemán, no sé dónde lo aprendió. Sí, estuvo en una universidad un tiempo. 26 Un carisma desbordante. Cuando te miraba, te hablaba. Con los ojos te mandaba.

 

Los alemanes encomendaron a César ocuparse de aquel campo. 200 o 300 personas. Nos llevaron allá, a mi para hacer un puente en compañía de otros españoles, a otros para hacer una carretera, etcétera. Su carisma era tan grande que iba a ver a sus paisanos a las obras, y se llevaba al campo los planos de los ingenieros. ¿Cómo lo hacía? No sé. Llegó a tener un piano. ¿Cómo lo hacía? No sé. Fenomenal. Era enormemente apuesto, alto, ancho de espaldas. No hay calificativos. César era César y no había otro como él.

 

Estas obras duraron no mucho tiempo.27 Sí, el puente. Allí salía todos los días con un grupo de encofradores.28 Mandaba, y mandaba bien. Dejó de existir el campo porque las fuerzas americanas apretaban de lo lindo.29 Dame la dirección y te mandaré una ensaimada por Navidad.30

 

No hay cifras. Desde dónde yo estaba en la barraca, que estaba bastante cerca de la entrada, algunas noches se oían ruido y veías personas que desaparecían por detrás; y esos ya no aparecían. Y esos no constaban en ningún lado. A la entrada de Mauthausen, y en el muro de la derecha, hay una referencia donde dice: los muertos. Rusos, los que más, gitanos y después españoles. Y ahí rezan 7.000. Pero muy bien pueden ser ocho o nueve mil.

 

De Ternberg salimos a otro comando, siempre más hacia el sur, huyendo de la aproximación de los aliados. A ese campo, Schlier Redl-Zipf, ya tenían su forma de administrar. Tenían un jefe alemán. Pues César se impuso a este. La primera vez que un jefe de barraca molestó o pegó a un español, César fue y le dijo: nosotros llevamos aquí desde tal fecha. Cuidado con lo que hacéis con los míos. Y nos respetaron mucho. De allí también había que salir, en dirección a Ebensee, otro campo, en el que estaba, por cierto, mi cuñado: Marcelino Bilbao Bilbao. Que se salvó y se casó con una hermana mía.

 

De allí también hubo que evacuar. César, antes de marcharnos, nos dijo: Escuchadme bien. A la salida de aquí, y después de dos o tres horas, vais a pasar por un bosquecillo. No os costaría nada - nos decía a mí y a un par más a los que tenía un poquito de audiencia,- no os costará nada quitarles las armas a vuestros centinelas. No van a ofrecer resistencia, porque estos no son como los de antes: a aquellos ultras los han mandado al frente. También ellos están pensando a ver como se escapan. O sea, no van a oponer ninguna resistencia. Os los vais a poder quitar fácilmente.

 

Bueno. A priori, parecía bien. Reunimos al resto de la cuadrilla y les dijimos en qué consistía este plan. Y, siempre hay algún pusilánime que dice: bueno, si después de tanto tiempo que estamos vivos damos un mal paso ahora... etcétera. Bueno. Se acabó. No se hizo así. Salimos temprano. Un kilómetro. Dos kilómetros. Cuatro kilómetros. Nos reuníamos siempre los mismos, los dos o tres. Pues, ¡Coño! ¡Vamos seguramente a nuestra liquidación! Al llegar allá nos van a liquidar. Y estaba previsto que así fuese. ¿Por qué no hacemos algo?

 

Acampamos al atardecer cerca de este bosquecillo. Lindando allá había una mezcla de arroyo y de río, en donde la mayor profundidad era esta [mig metre]. Entonces, como oíamos ruidos al otro lado del bosque, no sé qué pasaba por allá, los sldados estaban ocupados. Salimos corriendo tres más y yo hacia el riachuelo. Ese riachuelo tenía una división al medio de juncos, matorrales, etcétera. Allí estuvimos un buen rato examinando y sorprendiéndonos de que, en una carretera no muy lejana, a doscientos o trescientos metros, desfilaban tanques, motos, camiones, cañones. ¡Coño! ¿A dónde van? Iban evacuando también ellos. Esperamos que hubiese un claro en la carretera, que no se viera nadie a derecha e izquierda, porque íbamos vestidos de presos y, sin ninguna necesidad, podían habernos pegado un tiro.

 

Pasamos volando al otro lado de la carretera y subimos a toda velocidad a una loma, donde pasamos dos o tres o cuatro noches, sin nada para comer ni para beber. Y pasando muchos apuros. Porque, de vez en cuado oíamos ramas y nos asustábamos: ¿Qué será? Y era gente que también se escapaba. Había alemanes que también se largaban temiendo lo que les podía haber sucedido después. Entonces, uno de los amigos me dijo. José Mari, ¿Por qué no vas a echar un vistazo allá? Se oían unos ruidos rarísimos.

 

Allá voy. Manteniendo una enorme cautela. Poquito a poco, entre los árboles del bosque. Llego a una orilla, y veo, con sorpresa, una cantidad de soldados alemanes y franceses en plena cháchara, hablando tranquilos, fumando. No tenían armas, ni nada. Al poco rato, un soldado francés casi me mea en las orejas. Se acerca allá para orinar... y le digo: Qu'est ce qu'il se pass? La guerre est finie. La guerra se ha terminado. Fíjate.

 

Aviso a los amigos.31 "No os podéis creer." "¿Qué pasa?" Allá abajo en el río, donde oímos esos murmullos raros, es una casa de campo, un caserío. Hay centenares de soldados alemanes y franceses que están de cháchara. "¿Cómo, están de cháchara?" No se fiaban. Habíamos tenido tantas cosas difíciles que aguantar. Lo cierto es que bajamos, en cuclillas, poquito a poco hacia allá. Bajamos con más tranquilidad. El hecho de ir vestidos de preso ya no nos preocupaba tanto porque veíamos que la cosa cambiaba radicalmente. Que lo que era negro empezaba a ser blanco. Bajamos la ladera que habíamos subido dos o tres días antes y, al poco, en aquella carretera, vemos llegar un jeep, esos coches americanos. Al vernos debían saber ya de dónde veníamos y que clase de bichos éramos. Pararon. Nos invitaron a comer. Me hicieron unas fotos, de las que guardo el cliché, fíjate qué recuerdo. Y nos dijeron: "Iros: no muy lejos hay unas barracas, una especie de campamentos, donde recogemos a la gente que no sabe dónde ir. Yo creo que cantamos, en el camino. No se si "Las vacas del pueblo ya se han escapado o algo así."

 

Llegamos allá y, en efecto, estuvimos unos días32. Pero la incertidumbre y el temor se iban acumulando. Dicho de otra forma: veíamos salir a un grupo de cien rusos, venían a buscarlos en un autocar. A unos cuantos italianos que se iban por otro lado. A unos cuantos de aquí, a unos cuantos de allá. Y, al poco rato, no quedamos más que nosotros. Fue terrible asimilar eso. Fue terrible. Y, ¿a dónde podíamos ir? Es la segundo vez que tuve intención de suicidarme. Y digo que, cuando dicen que el que se suicida es un cobarde es porque no ha pasado por ese trance, porque yo no tuve valor.

 

Entonces, nos quedamos solos. ¡Pero solos! No tienes dinero. Vas con uniforme de deportado. No tienes dónde ir. No tienes documentación.

 

La primera vez que tuve intención de suicidarme era cuando entramos al campo. Y muchos, más de uno, sobre todo los judíos, que debían de saber de antemano lo que les esperaba, iban y se metían en las alambradas y quedaban achicharrados enseguida. Cada día veíamos muertes. Y allí mismo pensé yo: "Con lo fácil que es liquidarse y acabar de sufrir."

 

Y la otra vez fue esta. Vestido de presidiario, no tenías dinero, no conocías el idioma, no tenías dónde ir. Eran demasiadas cosas negativas.

 

Al final, en Mauthausen, muchos españoles tenían puestos bastante agradables, que los alemanes no podían suplantarlos por otros: cocineros, sastres, relojeros, albañiles. Esos eran españoles. Y, al tener esta ventaja, comían un poquito más que los otros. Y siendo así, supimos que los franceses, que estaban no lejos eran resistentes, que se habían jugado la vida por cosas análogas a las nuestras. Y, entonces, se ayudó a alguno de estos franceses quienes, a su vez, una vez llegados a París, intercedieron por nosotros, diciendo lo que digo: que les debían la vida a los españoles, etcétera.

 

Guardo un documento, hecho en papel de estraza (un papel de factura), en el que dice, un enlace americano, el portador, junto con 27 republicanos españoles, está autorizado a que nuestros aviones los lleven a Francia. O sea que en Francia ya nos admitían.

 

En el aeropuerto de Linz, grupos escalonados a lo largo de las pistas, de 30 españoles, a no sé que distancia. Llegaba una de esas fortalezas, que hasta no hacía mucho estaba bombardeando. Paraba uno, por un lado bajaban los alimentos que traían para sus soldados americanos y soldados con sus pertrechos, y por el otro subíamos nosotros. Pero, al mismo tiempo había trece, catorce o quince aviones sobrevolando esperando su turno para bajar.

 

Y nos llevaron a Francia. En París ya había gente preparada, conocedora de todas nuestras miserias. Nos dieron alimento, nos dieron ropa, pasamos asistencia médica, etcétera. Nos trataron como esperamos que así fuese. Por el Hotel Lutecia, pasaban deportados españoles y franceses. Previamente, había una entidad rarísima que representaba al Gobierno Vasco en París. Una oficina representativa del Gobierno de Euskadi, fíjate, en aquellas alturas. Y estos me dieron una documentación. Hasta entonces no tenía nada, más que el número de prisionero.33

 

Los franceses me dieron todo lo que me hacía falta, incluso un billete para ir a Chatellerault, donde estaba mi familia. Y ahí que me meto en el tren y llego a Chatellerault, donde me esperaba mi hermana Mercedes, que iba todos los días, porque se había enterado de que había deportados que pasaban por París e iban siendo distribuidos. En el Hotel Lutecia nos dijeron: si alguno tiene familia o amigos que os recojan, os hacemos el volante para que vayáis. Y es ahí cuando dijo mi madre: "Mucho as tardao pues..."

 

Yo hablaba vasco hasta los siete años. Después apenas lo hablaba. Si mi madre me hubiera hablado en vasco aún lo habría entendido.

 

Explícales lo de Katia. Si lo digo yo va a parecer una fanfarronada34. Estar en un campo de concentración y oír voces que te vienen de un altozano de doscientos o trescientos metros, y con el gusto que tienen los rusos, sean de un sitio o de otro, era para morirse.35 Tiene su explicación. Si alguien se escapaba de un centro penitenciario y lo cogían, para saber si era de aquí o de allá, le cortaban el pelo. Y si había una raya que el sol había marcado, eran presos. 36

 

¿Cómo ha llegado? Otro misterio. Un cuaderno con varias páginas escritas en ruso y su traducción al alemán. ¿Como lo traje? No lo sé. No tengo ni idea. No sé cómo podía conseguir el cuaderno y mantenerlo en el campo. Pero tuvo que haber licencia. Hay un montón de cosas de mi vida que no sé. Cuando vuelva otra vez. ¿Cuándo se vuelve? Teniendo en cuenta los diferentes sitios por donde pasamos, que fuimos lavados, duchados y desinfectados, y que el cuaderno haya llegado, no se entiende.

 

El gobierno alemán me pasa una pensión. Quince años de pleito.

 

Cuando llegué a Chatelleaurau, tuve una actitud de la que apenas me acuerdo. Y eso le pasó a todos los supervivientes. Han tenido reacciones que no se asemejan a nada conocido. En mi caso, parece ser, que yo desayunaba a no sé que hora, y me iba llevando un libro, un periódico, a la orilla de un río que no estaba muy lejano y volvía por la noche. Y al día siguiente igual, y al día siguiente igual. Durante un montón de tiempo. En mi casa debían estar muy preocupados. Esta situación la han vivido casi todos. Unos de una forma y otros de otra. Primo Levi, el que con más crudeza ha explicado aquellas cosas, se pasó los años intentando explicarlo. Pero no aguantó. Se suicidó. No sé cuanto tiempo estuve así ni qué leía. Periódicos, seguramente, porque no tenía dinero para comprar libros. Estaba completamente ausente. Flotaba.

 

Estando en Chatellerault, con la familia, empecé a trabajar en una empresa de productos lácteos. Se hacía mantequilla, quesos Camembert. Yo robaba mantequilla y la mandaba a Begueria, uno de los que se escaparon con migo en aquella odisea, y que murió no hace mucho, un catalán. Y él me mandaba cajas de vino. Estaba en una zona vinícola.37

 

En esa situación, estaba en contacto con Amadeo López. Le conocí en el campo de Redl-Zipf, el último. Hablaba muy bien alemán. Era de los muy poquitos que tenía ascendiente sobre el resto. Le reprocharon el haber venido a España en época de Franco. Afortunadamente no se metieron con él. Tenía un puesto en Wagons-Lits Cook de Barcelona, y estábamos en contacto porque yo era padrino de una de sus hijas. Me dijo: intenta acelerar tus conocimientos de inglés y vente para aquí que es el momento. Está llegando una cantidad enorme de ciudadanos de otros países, y aquí puedes tener un buen puesto. Y así fue. Vine aquí. No donde él quería que trabajara. Fui a un hotel donde estaba el hermano de mi mujer, que dejaba su puesto. Era el hotel Mallorca, ubicado en la plaza Jinetes de Alcalá, que ya no se dice así. Era el año 53.

 

El presidente del club de natación El Agua Dulce, Francisco Rosselló era el comisario de policía jefe de lo que llamaban la social. Éramos amigos por mor de haber jugado a la pelota. No tenía nada en común con muchos amigos de la época: ni estatus social, ellos fueron a la universidad, ellos tienen millones, y yo soy el perdut, que dicen aquí. Por mor de lo que nos unía, la pelota, el deporte, hablábamos de tu a tu. Entonces, un domingo que se habían ido casi todos, quedábamos él y yo en el club, habíamos comido allá. Estábamos sentados tomando el café y dice: José Mari, vamos a los toros. ¿Qué? Que vamos a los toros. Venga, Paco, ¿qué coño tengo que ver yo con los toros? ¡Vamos a los toros! ¡Qué haces aquí sólo! Joder... Y qué vas a hacer. Para estar tranquilo, vamos a los toros. Como si fuera fácil. Cuando llega el coche con el banderín. Joder, ... buf. Yo pensaba: ahora hay un atentado, ha muerto el jefe de la policía y a un tipo raro que iba con él. Dirían: Joder, ¡cómo ha cambiado aquel! No era de izquierdas? Y llegas a la puerta de la plaza de toros: a sus órdenes, a sus órdenes. Yo estaba acongojado. Me decía: pero como coño me pueden pasar a mí estas cosas. Yo qué tengo que ver con la autoridad, con el jefe de policía. Lo mandaron como castigado al País Vasco. Y allí, la radio pirenaica de aquel tiempo hablaba del asesino mallorquín. Hasta los toros le saludaban. En el palco presidencial, yo le decía: Paco, me voy. No, tu te quedas, decía medio en broma medio en serio. Paco, que no es cosa mía. ¡Vete a la mierda! Ale, ¡vete! Y me largué.38

 

Creo que falta la historia de la cremallera. 30 años sin hablar con nadie es duro. Porque queda ahí. A quien se lo iba a contar en un sitio como Mallorca. No interesa a nadie y estorbas. A cualquier sitio que vas estorbas. No hablaba con nadie de todo esto. Ni con Marina. Perdón. Muy importante. Tenía una gran actividad deportiva: la pelota vasca. Eso me salvó.39

 

Y ahora viene por qué descerrojé este silencio. Estando en el hotel me enteré con sorpresa, no sé si a través de algo escrito, que Leon Degrelle, un criminal Belga, acogido y protegido en España por Franco, empezó a decir que el Holocausto era un invento de los judíos. Él sabía que no era así, porque par entonces ya había tenido lugar el proceso de Nuremberg. Y para mí, no sé cuando ni dónde, fue como si me hubieran dado un martillazo. Yo perdí la respiración. ¿Cómo es posible que a estas alturas..? Y es a partir de ahí que escribí a varios periódicos. Coincidía con la efemérides de la liberación de Aushwitz. A partir de ahí yo ya no pude aguantar. Llevaba mucho tiempo sin decir nada. Era un tipo amorfo. Un tipo que no pasaba de ser un ad lateres. Un don nadie. Pero entonces sí. Entonces hubo una revolución aquí dentro y ya, con ayuda de René (Sarah) escribí cartas al director, etcétera.40 Fue el principio del despertar. Cincuenta años sin hablar. ¿Cómo puede ser un silencio que se lleve a cabo con tanta rigidez? ¿Cómo pude aguantar tantos años con ese peso ahí dentro? Yo que sé.

 

 

 

 

 

 

 

 

1 De fons se sent parlar a la dona, Sarah, i a Elena.

2 Hi ha una pausa. Li demane que comence a contar la seua vida des del principi, sense centrar-se en el camp de concentració ni en la guerra civil. Intervé Sarah per dir que estarà pendent de les dates exactes. José Mari s'oblida de les dates. "No de ahora, de siempre."

3 Sarah: habla de tu vida primero. Hasta la guerra han pasado 16 años. José María: es que yo nací muy pequeño (rialles). Sarah: desde tu nacimiento. Y la tira de hijos que tuvo tu madre. (8 fills)

 

4 Era octubre, novembre de l'any 1936.A finals de desembre arriba a Sant Feliu de Guíxols.

5 Sarah: Oye, habla un poquito más fuerte, o quítate los aparatos de las orejas. José María es lleva uns aparells que li dóna a Sarah per què els guardi.

6 Marina. Com que Sarah i José Mari no estan casats legalment, anomena a la dona "legítima". Sempre ha tingut el costum de posar mots.

7 Entrevistador: i, com va morir el teu pare.

 

8 Es va voler suicidar?

9 Era l'any 1937

10 Parlaven eusquera. El castellà el parlaven molt malament.

11 Això ja era el 1939.

12 En aquell moment no se'n recorda del nom. 1r Saint Cyprien, desprès Argeles.

13 Ho diu amb un to una mica pompós i sarcàstic.

14 Juliol de 1940.

15 Pregunte si se'n recorda de la data. Sarah respon: eso era el 12 de diciembre de 1940. Y todo lo que te ha contado de Estrasburgo era des de julio del año 40 a diciembre del año 40.

16 José María té un lapsus de cansament. Sarah intervé i li reclama que conti una cosa molt important que sempre se li oblida contar. José María diu: a sí: lo del numero, i fa un gest dibuixant un petit rectangle a l'alçada del cor. Continua parlant d'una altra cosa.

17 Segona intervenció de Sarah, que interromp bruscament: Quieres hablar de lo del número (José María riu i, dirigint-se a Elena, diu en to de broma: has visto la caña que me da). Es que eres ... Pero si toda la vida ha firmado las cartas y todos los papeles, los ha firmado 4553. Le ha marcado toda su vida. Y va y no lo cuenta.

18 Sarah: explica una cosa, porque sino no se entiende. Había una cantera porque el granito de allí era de muy buena calidad. La venta de esta piedra, que era un dineral, era un beneficio para los SS. Como la mano de obra no les costaba nada, no les convenía que se murieran en seguida. Tenían que comer lo necesario para seguir trabajando porque si no perdían la mano de obra. Los mantenían justo, justo justo para que pudieran trabajar.

19 Joder! No me digáis! -diu espantant-se una mosca. Tota la vesprada ens havien estat fiblant- Esto es peor que Mauthausen. A ver si mato dos de golpe -diu, agafant un matamosques.

20 Lapsus. A ver. Qué iba a explicar? Un alto en el camino. Li recorde la qüesitó del número.

21 Diu una frase que no entenc.

22 Posa cara de perdut.

23 S'exclama i aixeca els braços.

24 Amb l'índex s'enfonsa la galta.

25 Setembre de 1942.

26 Sarah: No se sabe muy bien. Era un anarquista, era raro, era artista, era músico, era todo.

27 Això era a Ternberg. Segons Sarah: Hicieron una presa de agua, un baraje, una central eléctrica, carretera y puente en el río Enns. Que lo tuyo fue el puente y el baraje.

28 Sarah: Él estaba de responsable. Estaba en cierto modo de capo.

29 Sarah: Dejó de existir el campo al cabo de dos años. Y los mandaron a Mauthausen. Y, de allí, te mandaron a otro sitio. Es que vas muy rápido. Tu hablas de las fuerzas aliadas y ...Le mandaron, estuvo dos años y volvieron en septiembre del 44, que fue disuelto el campo. Volvieron al campo central. Estuvieron en cuarentena durante dos meses. Aprovechó para estudiar el ruso. Y, después, lo mandaron a otro comando más. Y luego llegaron los aliados.

30 Pregunta Elena: ¿Cuántos españoles erais en Mauthausen?

31 Sarah: los tres que escaparon contigo: uno de Irún, Aranguren; otro de Bilbao, García; y uno catalán con apellido basco, Beguería.

32 Sarah: Todavía estaban en Austria, a unos pocos kilómetros al sur de donde está Mauthausen, cerca de un lago que se llama Attersee, en unos campamentos donde, en su tiempo, estuvierron juventudes hitlerianas. Allí, los americanos los habían recogido para darles de comer y cuidarlos mientras tanto.

33 Sarah: llegaron el 25 de mayo y hasta finales de junio no les dieron el documento.

34 Sarah: Las cosas muy graves muy graves las olvida porque su cerebro hace plaf y no quiere verlo. Y las cosas que no fueron graves, pero que son bonitas e interesantes, se las olvida. Cuando estaban en el comando de Cesar, en Dernberg, y cuando los mandaron a una fábrica que había por allí cerca, donde hacían rodamientos. En esta fábrica trabajaban como presas unas mujeres ucranianas, que estaban en un estado tan feo como ellos, pero un poco menos. Cuando las chicas supieron que esos haraposos de allí abajo que estaban cavando eran republicanos españoles, quisieron hacer algo por ellos, y se pusieron a cantar.

35 Sarah: se volvieron locos. Y, a partir de entonces se llamó a esto el comando de las novias. Todos intentaban arreglarse. Tenían una raya en medio que llamaban la autopista de los piojos.

36 Sarah: Todos intentaban arreglarse, no estar demasiado desastrosos, intentaban hablar con ellas, mirarlas y decirlas. Y los alemanes que los vigilaban, que ya no eran los SS del principio, tenían permisividad. Llegaron a hablar, a cortejar, cada uno con una, que es mucho decir. Y llegaron a darse un beso, pero eso ya era tocar el paraíso. Esto lo cuenta el autor catalán Amat Pinyella, en uno de sus libros. La suya se llamaba Katia Latsukina y era la viuda de un aviador. Entonces este aprendió el himno de la aviación rusa. Cuando este comando fue disuelto y volvieron al campo, los tuvieron en cuarentena durante un par de meses. Él se encontró un ruso, que estaba allí preso también, le enseñó el ruso. Y el cuaderno en que aprendió ruso, lo tenemos aquí.

37 Sarah: Escribió a la novia, que había dejado en el pueblo de Sant Feliu de Guixols. La novia, no solamente se acordaba de él, sino que solamente soñaba con él y no se había querido casar con nadie. El padre de la chica era guardia civil exiliado, porque era guardia civil republicano. Estaba en Francia y organizó el paso por la frontera, de noche, por los Pirineos, de su hija, para que se case con él. Preguntó a cuantos exiliados conocían para que le hablaran de él, y el padre estaba contento. Y organizó el paso por la frontera de Marina. Marina pasó por la montaña en plena tormenta. Hubo una tormenta espantosa. De ahí que padece del corazón. Y todavía sueña con el paso por la noche. La hermana fue a hablar con el cura: escuche, mi hermano está en casa. Su novia llega a buscarlo mañana. Como no hay sitio en casa, de todas formas van a dormir juntos. Así que, o les da las bendiciones o se las arregla comoquiera, porque de todas formas se van a dormir juntos. No hay otro sitio. Y el cura los casó con una corbata prestada. Era finales del 46. Meses más tarde se casó por lo civil, junio o julio del 47. Después tuvo un niño, que murió a los pocos meses, que este es otro drama que no menciona, pero va por ahí (José Maria: no va a ningún lado). Murió por estar mal atendido.

38 Sarah: Nos conocimos en la inauguración del Hotel Zaida, el 11 de julio del 57. Trabajamos juntos 28 años. Y este estaba absolutamente furioso de que le metieran una chica en la recepción. No me habló por lo menos en dos meses.

39 Sarah: Yo entre en el hotel en el mes de julio. Y, en el mes de octubre, apareció mi madre aquí unos días de vacaciones. José Mari me preguntó, como es que mi madre no se volvió a casar. Le dije que se pensaba casar con alguien pero que murió en un campo de concentración. Y entonces me dijo: y tu que sabes de campo de concentración. Pues sé bastante, contesté. Y yo le vi. Estaba blanco, pero blanco, blanco, blanco. Pero, que le pasa. Es que, yo estuve en Mauthausen. Casi me derrumbo. No me lo esperaba. Entonces, poco a poco, muy poco a poco, le hice contar, le hice hablar.

40 Sarah: Las cartas no se publicaban. Pero seguía escribiendo. Era el año 84. Un buen día, una carta fue publicada, parte de una carta, en el cuaderno cultural del periódico El País en Catalunya. A partir de ahí, unos periodistas de la SER se interesan y nos llaman para hacer una entrevista que salió por radio. Fue el principio de las entrevistas, de las salidas, etcétera.

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